El oficio

Maureen Rebeca Herrera Brenes 

Recuerdo la primera vez en que traté de hacer un queque –también llamado “torta” o “pastel”-, allá por mi adolescencia. Era para el cumpleaños de mi mamá y fue todo un acontecimiento familiar. Mi papá se fue al trabajo matutino en el cafetal con la promesa de que en la tarde tomaríamos cafecito con queque recién horneado para celebrar a Mami.

¡No se imaginan la tragedia!

Quedó tan feo y duro que hubo que botarlo entero. Yo me puse tan triste que me encerré a llorar en mi cuarto y cuando mi papá regresó por la tarde, encontró a la cumpleañera consolando a una muchachita llorona, que estaba segura de que nunca en la vida podría hornear un producto comestible.

Pero después de llorar volví a intentarlo, sobre todo años después cuando empecé vida de casada. He  tenido muchos ensayos y una que otra receta efectivamente ha ido a parar al basurero nuevamente. Sin embargo, la práctica no ha sido en vano. No soy experta pastelera, pero en muchos cumpleaños de mi casa hemos celebrado con pasteles hechos por mí. Mis hijos me suelen acompañar en esas aventuras culinarias y hasta hemos incursionado en diseños caseros de conejo, payaso, tren, jardín y chanchito.

Recordé este recorrido pastelero en la última sesión del taller literario al que estoy asistiendo. El profesor insiste, una y otra vez, en que escribir es un oficio igual a cualquier otro y es imposible perfeccionarlo a menos que se practique con absoluta disciplina y persistencia. Es tan obvio que da risa. Sin embargo, este hecho no vuelve la afirmación menos relevante: para convertirse en escritor hay que escribir, y con cuanta más frecuencia, mejor. “Aunque sea una página cada día”, me dijo mi amiga Keila Ochoa hace algunos días, cuando tuve el placer de conocerla personalmente.

Practicar el oficio nos ayudará a crecer. Solo así aprenderemos a ser concisos, a definir el personaje de forma acertada, a construir relatos verosímiles, a desarrollar un estilo propio y a probar ejercicios literarios que nos desafíen más allá de nuestra zona de confort.

¡Animo escritores! Hay quienes tallan la madera cada día, trabajan en la máquina de coser buscando una costura perfecta o se enfrentan una y otra vez a las cuerdas de la guitarra hasta que el acorde suena correcto. Nosotros nos sentamos frente al cuaderno o frente al monitor buscando la palabra precisa. Algunos lo hacen en la mañana, otros de noche o de madrugada. No importa cuál sea nuestra circunstancia ni las limitaciones que enfrentemos. Lo importante es que no desistamos. Les animo -nos animo- a persistir y desarrollar el llamado que el Señor Jesús ha efectuado a nuestras vidas: desarrollar el oficio del escritor.

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2 Respuestas a “El oficio

  1. Si!! Justo ayer comencé un curso de escritura y dijeron justo lo mismo. Practicar y practicar… Uy por cierto hoy no lo he hecho… voy a ello. Gracias por tu post ha sido muy ameno. Bss

  2. ¡Adelante Carol! Bendiciones,

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