Club de lectura: comienza el 2 marzo

MAI América Latina nos invita a compartir la lectura de Arriesgar y crecer

No somos solo un cuerpo o un envase, también somos un alma, o psique, y un espíritu. Arriesgar y crecer, el primer libro de la serie ¡CAMBIAR!, contiene relatos que llegarán a tu niño interior para que sientas, disfrutes, rías y llores.

La autora te invita a correr el riesgo de entrar y completar el texto con tu propia historia. Que puedas CAMBIAR lo que te mantiene atascado, encarcelada en espíritu, cuerpo y alma.

En cuatro sesiones virtuales por Zoom —que serán los lunes cada dos semanas: lunes 2, 16, 30 de marzo y 13 de abril—, Karen Suárez nos guiará en la lectura de este libro sencillo, profundo y ricamente inspirador.

Inscríbete en esta actividad gratuita. Importante: llega a cada encuentro con las páginas leídas para que puedas participar. Prepárate para disfrutar de una transformación emocional y espiritual en buena compañía.

Horarios de las sesiones por Zoom: 6 p. m. (Costa Rica/Centro de México) – 9 p. m. (Argentina/Uruguay)

Puedes comprar el libro en formato digital e impreso.

DATOS DEL LIBRO

Libro: Arriesgar y crecer

Autora: Adriana Garibotti – Instagram @adrigaribotti

Editorial: Certeza Argentina – Instagram @certeza_online

WhatsApp: (+54911) 2762-4758 

Tienda en línea: www.certezaonline.com  

E-mail: ventas@certezaonline.com

Amazon: https://www.amazon.com/-/es/Adriana-Garibotti-ebook/dp/B0C6NFKGQ8

Inscríbete por medio de este formulario:

https://docs.google.com/forms/d/18ORzhjFAqAI81boUB5z-oGIKrtGWAQsKVveTEKVdbDw/edit?pli=1

4 Respuestas a “Club de lectura: comienza el 2 marzo

  1. Avatar de GUSTAVO MISERERE GUSTAVO MISERERE

    UN NUEVO TIEMPO

    ¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Yo me muero si dejo de trabajar como vos! ¡Conozco gente que entró en una depresión tremenda al jubilarse! ¡Vas a cobrar mucho menos!

    Todas estas palabras de “aliento” las escuché cuando anunciaba que se acercaba el tiempo de mi jubilación, lo cual significaba el cierre de la etapa laboral luego de 37 años trabajando en una escuela.

    Debo ser honesto: también escuché felicitaciones, expresiones de celebración y de fiesta, pero por alguna razón retumbaron con más fuerza las expresiones pesimistas que las festivas, las que sembraban dudas más que las de ánimo. Entonces fue inevitable preguntarme: ¿será verdad que uno pierde el sentido de la vida? ¿Que coqueteamos con el desánimo? ¿Que dejar de ser productivos según el modelo capitalista impacta en nuestra identidad?

    Estas preguntas sobre el futuro comencé a responderlas observando primero el pasado, porque llegar a esta etapa fue el resultado de un maravilloso proceso, como el del bambú japonés, donde claramente vi la mano de Dios acomodando circunstancias, moviendo voluntades y cumpliendo tiempos.

    Otras respuestas las encontré observando mi entorno, agradeciendo por cada una de las personas que tengo cerca y a las que ahora podré dedicar tiempo, miradas y diálogos que el trajín laboral impidió.

    Entiendo que las próximas respuestas las encontraré tomando decisiones en el presente, asumiendo riesgos, saliendo de mi zona de confort, venciendo temores e inseguridades. Porque para atravesar el río, como si fuera tierra seca, y descubrir la nueva tierra, primero hay que animarse a mojar los pies.

  2. Gustavo, me encantó tu escrito. ¡Mcuhas gracias por compartirlo!

  3. Avatar de collectivealmost357e44880c collectivealmost357e44880c

    La herencia

    Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos. Viktor E. Frankl[i]

    Pensaba en el desafío de poner sobre la mesa una vivencia, un testimonio de lectura, para dar cuenta de que algo pasó cuando un pensamiento, una frase, pasó por mi mente y se instaló. Lo que parecía un simple ejercicio de escritura me llevó hacia donde no tenía intención de ingresar.

    Tal vez les pasó: sin querer, encontré aquel recuerdo que, de vez en cuando, si aparece, zumba y pica como abeja; luego se va, pero queda y queda.

    Para algunos puede ser incomprensible, pero se puede recibir un bien material como herencia y no saber qué hacer con él. Así recibí una casita en un rincón de las sierras cordobesas. Ella allá, como testigo silencioso de un final inesperado: una muerte apresurada, la de mi padre, que tanto tardamos en aceptar. Y yo acá, a unos 60 km, inmersa en un ritmo y un ruido elegidos.

    No puedo disimular la contradicción: el deseo permanente de un espacio verde, rodeada de árboles viejos y nuevos, colmados de otoños y pájaros. Un deseo que se gesta en el vértice de dos calles quejumbrosas y superpobladas, en la diagonal de una pequeña placita que es apenas un alivio en los veranos agobiados por el sol.

    Ella allá, yo acá. Nunca pudimos amigarnos. Quizás fue por el origen de nuestra historia: el tener a partir del no-tener; el poseer a partir de una pérdida.

    La lectura inocente, diría casi desprevenida, de cada capítulo me llevó a este recuerdo. Que es más que eso; porque, aunque todos sepamos que una casa es un objeto inanimado, esta me mira y, como a propósito, revienta un caño para que no la olvide; para avisarme que ahí está y que debo hacer algo con ella.

    No sé si me hice todas las preguntas para un diagnóstico que me aclare por qué me convierto en estatua de sal cada vez que la pienso. Cada vez que intento deshacerme de ella, me invade la nostalgia de esa enamorada del muro: enredadera que arranco y que insiste en crecer, regalándome esas maravillosas hojas amarillas en abril. O quizás son las risas, los mates y los soles que quedaron impregnados en esos muros de piedra.

    Sigo soñando con la vida tranquila que ella promete, pero sé que ese no es mi lugar. En mi mente, y mirando la placita ciudadana que tengo enfrente, cierro la puerta de aquella otra casita con muros de piedra y vestida de hiedra. Mientras tanto, me aferro, Señor, a tus promesas y recito: «Solo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo» (Juan XXIII, citado en Garibotti, 2023).»

     Cecilia Ré – 13-04-2026-

    [i] Viktor E. Frankl, en ¡Cambiar. Arriesgar y Crecer (A. Garibotti, 2023)

  4. Salir de Egipto

    Por Carlos Peirone

    Levítico 26:11-13

    Fue un cambio duro. Dejar una tierra conocida —donde eran maltratados pero estaban cómodos— para largarse a la nada, con un Moisés tartamudo adelante, y un Aarón que lo seguía. Dejar la huerta por el desierto para caminar, masticar tierra y arena. Dejar todo para ir a la nada. Solo promesas de liberación, sin certezas, de una tierra prometida que no sabían dónde quedaba, obedeciendo a un Dios que no veían. Ese fue un cambio duro, durísimo. Les costó lamentos y querer pegar la vuelta. Murmuraciones y golpes al líder, sabotajes al proyecto.

    La aventura no era fácil. No tenía tiempo ni seguridad. Requería fe y dar el primer paso. Implicaba dejar la rutina por el cambio: cambio de tierra, de paisajes; comida y trabajos nuevos. Ese fue el cambio propuesto. Dejar la esclavitud para ser libres, para formar algo nuevo, un pueblo, una nación diferente. Siempre tras una promesa y un líder.

    Salir de nuestros egiptos tiene un costo. Seamos realistas, porque habrá que pagar el precio. Dormir en la arena y caminar sin rumbo fijo. Bañarse poco y comer lo mismo por un largo tiempo.

    Los cambios cuestan, no romanticemos tanto. Habrá que pagar el precio de ser libres y poner y el cuerpo y la cabeza a trabajar, andar por fe y confiar. Creer en lo imposible de atravesar un mar como si fuera tierra firme. Cada uno tiene sus egiptos, y tendrá que enfrentar desafíos. Atreverse a nuevos territorios y creer en lo imposible. Dios nos acompaña.

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