En memoria de Caty

El 21 de noviembre falleció la escritora y editora, Caty de Padilla. A continuación compartimos palabras de su esposo, Dr René Padilla.

Agradezco de todo corazón al sinnúmero de hermanos y hermanas en Cristo que han expresado su afecto y su apoyo en oración por mi y mi familia ante la promoción a mejor vida de mi querida esposa Catharine Ruth Feser Padilla el sábado 21 de noviembre próximo pasado. Yo personalmente me he sentido muy acompañado en medio de esta dura experiencia. No me es posible responder individualmente a los múltiples correos y llamadas telefónicas  que he recibido en estos días, pero para expresar mi agradecimiento por sus condolencias comparto con ustedes, con breves modificaciones, lo que dije en el culto en memoria de Caty (como la llamaban generalmente en América Latina) celebrado en la Iglesia Evangélica Bautista de La Lucila, en Buenos Aires, al día siguiente de su fallecimiento.

Todos ustedes saben que hay momentos en que no hay palabras para expresar todo lo que uno está viviendo o sintiendo. Este es para mí uno de esos momentos.

Cuando yo le propuse matrimonio a Caty, yo sabía que si ella me daba el sí, ese sería un don de Dios. Éramos compañeros de estudios en la Facultad de Posgrado de Wheaton College, y ya se acercaba el fin del año lectivo 1957-1958. Ella estaba por  comenzar su tarea pastoral como obrera de InterVarsity Christian Fellowship (el movimiento estadounidense afiliado a la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos, CIEE) en los Estados de Nebraska y South Dakota, y yo había ya aceptado trabajar con la CIEE en América Latina a partir de julio de 1959. Éramos buenos amigos; jamás habíamos hablado de noviazgo.

Sin embargo, ante la inminencia de su partida decidí delante de Dios proponerle matrimonio a condición de que si aceptaba mi propuesta no sólo se casaría conmigo sino también con América Latina. Su respuesta en ese momento fue que (¡puesto que ni siquiera conocía América Latina!) no podía aceptar mi propuesta. Le prometí esperar el tiempo que fuera necesario para que su respuesta no fuera improvisada sino meditada cuidadosamente, y ella aceptó pensar y orar sobre el tema. Tuve que esperar por dos años, hasta mediados de 1960, para recibir su asentimiento a mi propuesta, pero cuando después de esa larga espera me dio el sí, yo lo recibí como un hermoso e inmerecido don de Dios. Ahora que ella ha pasado a la presencia de Dios, sólo me queda aceptar, en medio de mi profundo sufrimiento, que también en esto Dios está cumpliendo su propósito de amor.

Ayer, sábado 21 de noviembre, mientras yo estaba en casa de mi hija Ruth y su familia en Costa Rica, recibí por teléfono la noticia del fallecimiento de Caty. Ustedes pueden imaginar lo difícil que fue para mí aceptar que mi esposa había fallecido hacía apenas un momento. En ese instante vinieron a mi mente las palabras que Job pronunció cuando perdió a todos sus hijos y a todas sus hijas: “El Señor ha dado, el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” (Job 1:21b). Eso es lo que quiero decir esta noche. Caty fue la compañera ideal que Dios, en su gracia, me concedió. Al perderla tan repentinamente, sólo me queda confiar que el mismo autor de la vida que me la dio ahora me la quita.

Esto no significa, de ningún modo, que yo entienda por qué la promoción de Caty a mejor vida tenía que suceder justamente ahora. Pocos días antes de mi viaje a Costa Rica la llevé a la  gerontóloga que estaba atendiéndola. Le presentamos los resultados de los últimos análisis de laboratorio, la examinó y nos dijo: “¡La veo muy bien! Todos los resultados son muy positivos.” Caty y yo salimos contentos, animados por el diagnóstico de la doctora. Al emprender el viaje a Costa Rica el martes de la semana pasada la dejé en buen estado de salud. Anteayer por la noche hablamos brevemente por skype, y me dijo que se sentía bien, sin ningún problema. A pesar de todo esto, ayer falleció de un paro cardiorespiratorio. Desde el punto de vista médico, no entiendo el porqué. Menos aún lo entiendo desde el punto de vista del propósito de Dios. Sólo me queda confiar que Dios sabe lo que está haciendo y pedirle que él me conceda su gracia para poder decir sinceramente: “En Señor ha dado, el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!”

Yo conviví con Caty por casi cincuenta años. Estábamos comenzando a hacer planes para celebrar las bodas de oro el 15 de enero de 2011, y a los dos nos entusiasmaba la idea de esa celebración. ¡No llegamos! Pero de esto estoy seguro: al permitir que ella pasara a su presencia, Dios tenía un propósito de amor para ella, para sus deudos y para todos los que la amamos y sentimos su ausencia. El Señor nos la dio, el Señor nos la quitó. “¡Bendito sea el nombre del Señor!”

Caty nos deja un rico legado. Se lo deja a sus hijas, a su hijo y a muchísima gente especialmente en América Latina, su patria adoptiva. ¿Cuál es ese legado?

Aquí yo podría mencionar algo de lo mucho que ella hizo junto conmigo en relación con el ministerio estudiantil y profesional, su papel como esposa y madre, su práctica docente, sus escritos (incluyendo su manual sobre estudio bíblico, La Palabra de Dios para el Pueblo de Dios, y sus comentarios sobre 1 y 2 Tesalonicenses que formarán parte del Comentario Bíblico Contemporáneo), su eficiente trabajo como correctora de pruebas en el mundo de las publicaciones, su aporte como miembro de la comisión directiva de la Fundación  Kairós desde su origen, su colaboración como diaconisa y predicadora en su iglesia local, su ministerio pastoral especialmente con mujeres, su ayuda práctica a personas y familias de los sectores pobres de la población. Sin embargo, lo que quiero destacar sobre todo es su compromiso con Jesucristo y con aquello que constituye la esencia del discipulado cristiano: el amor a Dios que se traduce en servicio al prójimo.

Cuando a Jesús se le preguntó cuál es el mandamiento más importante de la ley, él dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” y “Ama a tu prójimo como a tí mismo”. Para mí el legado de Caty está en estrecha relación con ese doble mandamiento: ella nos mostró con su estilo de vida lo que significa amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a uno mismo

Los que conocieron bien a Caty saben que no exagero cuando digo que era difícil entender de dónde sacaba tanta energía para hacer todo lo que hacía. ¡Era incansable! Pero mucho de lo que hacía inspirada por su amor a Dios tenía que ver con eso de amar al prójimo como a uno mismo. ¡Qué manera de darse a sí misma, generosamente! Quienes estamos comprometidos con Jesucristo sabemos que eso es lo que da sentido a la vida. En un momento dado Jesucristo dijo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si cae en tierra da mucho fruto. A mí se me ocurre que en la medida en que aprendemos que la vida no es para tratar de explotarla en beneficio propio —en la medida en que sabemos lo que significa poner la vida a disposición de Dios y del prójimo—, en esa medida disfrutamos de la vida plenamente y encontramos su sentido. Caty encontró el verdadero sentido de la vida. No hablaba mucho del amor: lo practicaba. Lo practicaba especialmente con gente en situaciones vulnerables.

Yo no quiero idealizar a Caty. La conocí bastante bien y sé que, como todos nosotros, estaba hecha de barro humano. Así como puedo ponderar sus virtudes podría también hablar de sus defectos. Por ejemplo, su perfeccionismo en todo. Recuerdo la primera vez que publicamos un libro con el sello de Ediciones Kairos. Como ella tenía un ojo de lince para encontrar los errores de redacción, ortografía o tipografía, lo primero que vio fue algunos errores, y me dijo:

—¡Si vamos a publicar así, mejor no publiquemos!

—Caty— le respondí—, ¿puedes mostrarme un libro que no tenga errores?

—Esa no es una buena excusa—me dijo—. Si vamos a publicar, tenemos que hacer un mejor trabajo.

Podría contarles muchas anécdotas que apuntan en la misma dirección. Se exigía mucho a sí misma y a veces esperaba que los demás se exigieran tanto como ella. ¿Virtud? Tal vez, pero también puede ser un problema. De lo que estoy seguro es de que, con sus todas sus virtudes y todos sus defectos, por la gracia y el poder de Dios Caty supo ilustrar con su vida lo que significa ser una verdadera discípula de Cristo.

Para mí Caty fue el mejor don que Dios podía darme. Dios me la dio, Dios me la quitó. ¡Bendito sea el nombre de Dios! Por supuesto, su ausencia requiere adaptaciones. Tenemos que elaborar el duelo y aprender a vivir sin ella, no sólo yo sino toda la familia y los amigos cercanos. Pero la mejor manera de honrar su memoria es tomar en serio el rico legado que nos dejó.

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